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domingo, 31 de enero de 2010

Breve Bratislava

Bratislava se debate entre la piedra y el plástico. El este y el oeste. Entre la kapusnitca -sopa de repollo- y la hamburguesa. Con su pasado imperial, su bloque del este, su disidencia marcada por la Revolución de Terciopelo, y su presente de tratados y cumbres, Bratislava se encuentra en el centro de Europa y, quizás por eso, recoge casi todas sus esencias.


Cuando uno se acerca al este se da de bruces con la piedra, el cemento, el hierro oxidado de los tranvías que  traquetean imposibles por esta ciudad entre los Pequeños Cárpatos y a orillas del Danubio. Casi dan ganas de lanzar adoquines a los policías. Pero también con las sinagogas, las iglesias ortodoxas o las óperas. Aquí, el plástico es un lujo de la modernidad que llega para quedarse y compartir sus calles con un cielo enmarañado de cables.
Bratislava mira al pasado menos reciente y adopta como símbolo de la ciudad las cuatro torres del castillo, que empezó a construirse en el siglo X. Es tan blanco que resistiría la prueba del algodón. Como todo castillo que se precie, está en lo alto de una colina desde la cual se tiene una de las mejores vistas sobre el Danubio. Actualmente, el Castillo de Bratislva alberga el Museo Nacional Eslovaco.
El pasado más reciente lo marca 1948, cuando Checoslovaquia pasó a formar parte del bloque oriental. Fue entonces cuando la población empezó a crecer y se construyeron las grandes zonas residenciales. Para unir la Ciudad Vieja con la nueva Bratislava, se construyó el Puente Nuevo,  que carece de pilares y pende de cables de acero.
                                          

Bratislava, coqueta y tranquila, mira de reojo a la vieja y cosmopolita Viena. El presente es un día de Navidad, con la gente en la calle y las bandas de música tocando villancicos bajo un cielo gris pero que forma parte de la Unión Europea. 
El futuro, quién sabe. Tal vez sea la búsqueda, en la adopción del plástico, de algo que creyó perdido al otro lado. 


1.- Casco histórico de Bratislava/CFR'09
2.- Castillo de Bratislava/CFR'09
3.- Puente Nuevo/CFR'09

miércoles, 20 de enero de 2010

Pequeño vals vienés en un McDonald's

Me debes un vals, le dijo entre las cortinas de hielo que cubrían la ciudad. Aunque sólo sea por Lorca.
- Y por Cohen, le respondió él agarrándola de la cintura bajo las luces de neón y los leds navideños.

Fue lo primero que se dijeron cuando llegaron a Viena. Cada bocanada de aire les helaba los pulmones, la ciudad los recibió en una de sus noches más frías. O eso le pareció a ella. Le parecía que el asfalto desprendía un frío que directamente se le metía en los huesos y que no podía remediarse ni con los susurros de él.

Llegaron a la ciudad en esa maldita hora en que todo está a punto de cerrar en cualquier país que no sea España. Agarrados de los guantes, cansados y hambrientos, deambularon por las avenidas de una ciudad que algún día fue nueva hasta que una prisa de sueño los empujo al interior de esa tienda de comida rápida.
- Te debo un vals.

Y Lorca habló por ella.




Pequeño vals vienés, Federico García Lorca

En Viena hay diez muchachas,
un hombro donde solloza la muerte
y un bosque de palomas disecadas.
Hay un fragmento de la mañana
en el museo de la escarcha.
Hay un salón con mil ventanas.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals con la boca cerrada.
 Este vals, este vals, este vals, este vals,
de sí, de muerte y de coñac
que moja su cola en el mar.
Te quiero, te quiero, te quiero,
con la butaca y el libro muerto,
por el melancólico pasillo,
en el oscuro desván del lirio,
en nuestra cama de la luna
y en la danza que sueña la tortuga.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals de quebrada cintura.
En Viena hay cuatro espejos
donde juegan tu boca y los ecos.
Hay una muerte para piano
que pinta de azul a los muchachos.
Hay mendigos por los tejados,
hay frescas guirnaldas de llanto.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals que se muere en mis brazos.
Porque te quiero, te quiero, amor mío,
en el desván donde juegan los niños,
soñando viejas luces de Hungría
por los rumores de la tarde tibia,
viendo ovejas y lirios de nieve
por el silencio oscuro de tu frente.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals, este vals del "Te quiero siempre".
En Viena bailaré contigo
con un disfraz que tenga
cabeza de río.
¡Mira qué orillas tengo de jacintos!
Dejaré mi boca entre tus piernas,
mi alma en fotografías y azucenas,
y en las ondas oscuras de tu andar
quiero, amor mío, amor mío, dejar,
violín y sepulcro, las cintas del vals.



1.Catedral de Viena/CFR'09
2.Palacio de Sisí/CFR'09

domingo, 10 de enero de 2010

Diario de viaje en diferido: BUDAPEST


Puesta de sol sobre el Danubio, Budapest


Budapest, vinimos buscando tus signos del este y los encontramos confinados en un parque, que más que de la memoria parecía del olvido. Budapest, magnética y radiante bajo la nieve. Budapest, quieres ser una metrópoli y te traiciona tu carácter de pueblo chico, amable y hospitalario. Budapest, ¿de dónde sacas esa atracción que irradias? Budapest, con los vagones de tu metro se podría bajar a la mina sin desentonar y en tus edificios las viejas damas de la realeza bailan un vals con los obreros que le quitaron las botas a Stalin. Budapest, ¿qué escondes bajo tus adoquines? Budapest -con tus florines y tu gulash- si cambias, nos vamos.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Kamloops, una nota de color

Kamloops está al sur de la provincia de British Columbia (Canadá), pongámosle que al norte de Vancouver. Se trata de una ciudad ubicada en la confluencia de dos ramas del Thompson River. De hecho, Kamloops significa eso, encuentro de los ríos, en la lengua de los primeros habitantes de estas tierras. Antes de que llegaran los europeos este valle y sus montañas pertenecían al pueblo Secwepemc.
Los primeros europeos llegaron en 1811 y, entre otras cosas de sobra conocidas, debieron traer escuadra y cartabón. Así fue como el espacio que queda entre el río y las colinas parece papel milimetrado. Se trata del centro, con una calle principal, Victoria St., cuyos comercios cierran hacia las cinco de la tarde.
Pero, a estas alturas, ya se sabe, el centro no se hizo ni para los indios ni para los migrantes. Por eso es que yo vivo en el Carmel. Perdón, en lo alto de Columbia St.
Si el centro es algo así como un Eixample desabrido sin más encanto que el de los edificios que no pasan de dos plantas y la Reserva india viene a ser como un Raval por el que la gente de bien no pasea; la colina de Columbia St., entonces, bien podría ser un Carmel sin Pijoapartes.
De existir aquí un Pijoaparte, es un suponer, no tendría una Montesa sino un Ford Ranger, vestiría sudadera celeste y gorra de béisbol los días de diario, pasaría las tardes en el Tim Hortons no con Teresa sino con Keyli, que, es un suponer, estudiaría Business&Economics y los domingos se calzaría las camperas e iría a un rodeo en el que orgulloso cantaría el himno de la patria y bebería limonada.
Decía, que ando de alquiler en lo alto de Columbia Street, en un apartamento que es de lo más parecido a una columna de Juanjo Millás. Me refiero a que nunca cupieron tantas cosas en tan poco espacio. Pero no hay queja. Peor están las casas de la Reserva. El Gobierno las construyó sin unos entándares mínimos y ahora se despellejan y desconchan, se averían, y los nativos no pueden arreglarlas, “porque además no les pertenecen a ellos sino al Gobierno”, cuenta L., que ha vivido siempre en Kamloops. "¿Quién arreglaría algo que no le perteneciese, que no pudiera dejar en herencia a sus hijos, aunque pudiera económicamente?", se pregunta L.
Como decía, no hay queja. Me dan clase los discípulos directos de McLuhan y me duermo con los programas de la CNN. Kamloops, en fin, no me lo vaya usted a comparar con Barcelona.

miércoles, 23 de julio de 2008

Madrid a 4 manos

miércoles 23 de julio de 2008

Hay ciudades que amamos sin tener una razón concreta, no hace falta haber nacido en ellas, ni tan siquiera haber pasado muchos días en sus calles. Basta a veces una esquina, un suburbio o sus contradicciones… Es lo que ocurre en la ciudad del No pasarán y del Vivan las Cadenas.
El otro día me comentaba un amigo –hombre de radio que me toma el pelo cuando ve a Gervasio Sánchez en La Vanguardia, que soluciona mis dudas existencialmente informáticas, que es capaz de encontrarme entre las 18.000 personas que llenan el Palau Sant Jordi para oír a Sabina cantando Mediterráneo (yo era la que no tenía pase de prensa), que comparte tertulias matutinas en la cantina de la Facultad (y que espero que me perdone que tantas veces prefiriera el incomprensible e incomprensiblemente marxista profesor de economía a su compañía cantinera)-. Ese amigo, decía, con el que comparto inusitados placeres en forma de Babelias atrasados, volvía el otro día de Madrid. Lo vi algo abatido por una transitoria despedida en Barajas, así que le dije que ya invitaba yo al Bombay. Porque ante todo, nosotros somos periodistas –Periodistas de ciudades en llamas, de Holiday Inn, del Raval y Las Ramblas y de exceso de adjetivación-. Sobre todo y más que nada en plan literario. Pero vamos, que lo que me comentó, superando su inicial decaimiento, fue que hay que ver con Madrid, vaya ciudad. Eso, me hizo olvidar mis eventuales preocupaciones -a saber, que un andamio sarajevita me caiga encima, por poner un ejemplo-. Y recordé la última vez que estuve en Madrid. Fue en invierno. No pasé nada de frío porque me acogió una amiga –esa que no se fía de mi objetividad y con la que comentamos los andares del sexo opuesto- en su confortable piso de Mar de Cristal (aunque más tarde, por motivos logísticos tuve que exiliarme en un hotel de Atocha alguna que otra noche). Si las tardes se ponían insoportables en el Retiro, me metía en el Prado y si amanecía –a la hora que suele amanecer para mí, algunos lo llaman mediodía- con ganas, subía la cuesta Moyano entre libros de viejos. Y andaba sin rumbo, como se debe conocer una ciudad. Pero, mi amigo, acaba de volver. Y ratifica que el Retiro, en verano y con El País del domingo, es la hostia. Además, justo pilló el Día del Orgullo, él siempre en el centro de la noticia. Y claro, no pudo más que hacerme una crónica en diferido: Resulta que era el dia del Orgullo [...] allò era un desfase brutal. Grups de tios amb tanga, gent que t'anava rozando amb la bandera arcoiris, tios disfressats de ties exhuberants, tios amb més pèl que tota la facultat de periodisme junta menjant-se la boca i tocant-se els genitals... En fi, va ser bastant impactant [...] i juntament amb l'agobio de la calor i la gent [...] vam tornar-nos a l'hotel. Yo me fío de su crónica porque aquel día no vi ni una sola imagen del desfile, ocupada como estaba tomando fotos bajo un sol que irradiaba a 41º grados en Barcelona. Además, todo el mundo ha visto cosas impactantes en Madrid, ¿no estaba la plaza Colón repleta de curas no hace mucho? Sí, la que después se llenó de gente de rojo.
En fin, que sí, le digo. Que Madrid está de puta madre, que todas las huidas pasan por Madrid, que qué lástima que esté abducida por la derecha, pero que bien se lo pasa uno, oye. “Sol, Preciados, Montera, Plaza Mayor, La Latina, Palacio Real, La Almudena, Plaza de España, Gran Vía, Cibeles...”, me dice. Y yo añado a las gordas de Botero, el Café Gijón, los museos, Callao, Lavapiés y ¿cuántos bares había en la Cava Baja? Insufrible e insustituible, como todas las ciudades que amamos.
-I tu quan marxes a Sarajevo?, me pregunta.
-A l’agost.
-Jo torno a Madrid d’aquí a tres setmanes.