miércoles, 21 de mayo de 2008
Aviso
A los que no lo leyeron en primicia,
Versión íntegra de 'Instantáneas de La Habana' en Tu Aventura, página de ciberperiodismo de viajes.
sábado, 17 de mayo de 2008
Periodismo con 'P' mayúscula
Pues no. Resulta que me niego a creerlo. Unos cuantos fantasmas recorren el Periodismo. Hasta aquí vale. Pero no está muerto, sólo agoniza, y en sus últimos suspiros exhala verdad. Y, su hermano guapo, ¿el fotoperiodismo? Tampoco lo hemos matado aún.
Nuestras filas cuentan con profesionales que musitan “es mi trabajo” cuando vuelven a fotografiar a las víctimas de las minas antipersona, con veteranos que fotografiaron revoluciones y con jóvenes que persiguen la autenticidad. Es el caso de Álvaro Ybarra Zavala (Bilbao, 1979). Se lo rifan en ‘Time’, 'Newsweek', 'Le Monde', 'Sunday Times Magazine', 'Vanity Fair', 'Le Courrier International' o 'Liberation', solo por citar algunos de los medios en los que ha trabajado. Ahora inicia su colaboración en XLSemanal. Tendremos la oportunidad de ver algo más que los admirados tacos de Pérez-Reverte en esta revista ilustrada que cuenta con 4.500.000 lectores. Para empezar una interesante entrevista de Isabel Navarro al fotógrafo el domingo pasado. Nada de periodismo comprometido, ni siquiera periodismo sesudo. Lo de Álvaro Ybarra Zavala es periodismo-de-verdad. Nikon en ristre por Ruanda, Chechenia, Irak, Colombia, Sudán, Afganistán, Burma, Uganda y Líbano, en sus fotografías está siempre tan cerca que sorprende que siga vivo. Por su objetivo han pasado víctimas y verdugos, y no deja de emocionarse ante lo que ve.
Y no es el único. Así que nada, no le daremos la razón a quien celebró nuestro entierro.
Edificio de Grozni (Chechenia) por Álvaro Ybarra Zavala
Álvaro Ybarra Zavala, licenciado en Derecho, empezó en la fotografía a los 19 años. Trabajó como freelance hasta 2005, fecha en que empieza a formar parte de Agence Vu. Ha expuesto en España y en el Royal Albert Hall de Londres. Los hijos del desconsuelo es uno de sus trabajos más notables. Sus fotografías se pueden ver en www.agencevu.com.
Cuando se encuentran el cine y la fotografía
El fotógrafo iraní Abbas descubre Paisà, la película de Roberto Rossellini, siendo un adolescente en un cineclub de Argelia, según se dice en la exposición del CCCB titulada: Magnum 10 secuencias, el cine en el imaginario de la fotografía. Se agota la década de los 50 y Argelia es, a su vez, un país devastado por
Principios de 1979. Teherán refulge, exquisita circunstancia para el que escribe con la luz. Abbas lo vive desde dentro, entre el entusiasmo de formar parte de -como dice Hobsbawm- la primera revolución contemporánea que no tuvo sus raíces en
Comienza el diálogo entre Abbas y Rossellini. Pero es, en realidad, un diálogo a tres miradas. El visitante –fisgón o contemplativo, curioso o examinador- atisba, ojea, vislumbra o cruza su mirada por dónde antes la cruzaron Rossellini y Abbas, pero ahora, a través de ellos. Ventaja añadida. Del fotograma a la fotografía, de la fotografía al fotograma. Del movimiento de 24 fotogramas por segundo a la instantánea que congeló en su día el tumulto en las calles. El fulgor de una ciudad recogido en blanco y negro, podría ser cualquier ciudad del mundo en sus horas más altas o en las más bajas. Ante el encuentro del cine y la fotografía se cree haber resuelto la eterna ecuación, son sin duda, los amantes perfectos. Fotos sencillas, planos simples. Testimonio eficaz, sin teatralidad. Quizá sólo sea cosa de Abbas y Rossellini. O quizá sólo sea la gelatina de plata y el ‘paso universal’.
[Magnum 10 secuencias, el cine en el imaginario de la fotografía es una exposición que pretende mostrar las influencias del cine en el proceso de captación de la realidad que realizan los fotógrafos. Reúne a diez profesionales de Magnum representantes de distintas generaciones y corrientes de la fotografía documental junto con sus influencias cinematográficas].
viernes, 9 de mayo de 2008
Inventariando el mundo
viernes 9 de mayo de 2008
¿Puede escribir la mano de un solo hombre una historia casi universal? Puede. ¿Es capaz de escribirla y describirla desde el punto de vista de los olvidados? Lo es. Hablamos de Eduardo Galeano.
El autor uruguayo acaba de presentar Espejos, una historia casi universal, su última creación literaria. Se trata de un libro anárquico conformado por relatos breves a través de los cuales el autor nos conduce por un inventario general del mundo. Galeano, el escritor de lo cotidiano, enlaza con su habitual cadencia montevideana la crítica al poder, la denuncia y la memoria. Ilumina con su exquisita ironía, su incansable humor y su experimentada pluma –heredera, pareciera en este libro, de Borges y su Historia Universal de
El autor de obras como Días y noches de amor y de guerra o Las venas abiertas de América Latina huye del dogmatismo y su ideología no se inscribe en fervores políticos. Galeano se encuentra cómodo expresándose en la forma del breviario de historias -quizá reminiscencia de su pasado periodístico- pero lo cierto es que está lejos de ser un panfleto político. Espejos es un alegato, escrito con paciencia y ánimo reposado, contra la idea de la humillación como destino para los países del Sur. Es una vuelta al mundo de los muchos mundos que contiene, “sin demasiado respeto a las fronteras del mundo y del tiempo”, afirma el autor. Cuenta nuestra historia desde el punto de vista de los invisibles. En palabras de Galeano: “[Espejos] Es una tentativa a la lucha contra el desvínculo, y nace de las ganas de volver a unir lo que fue divorciado, […] porque el pasado nos habla con voces actuales”.
Con maestría desgrana su libro –a dos días de Sant Jordi- ante el auditorio de
[…] El inventario del mundo, inconcluso, estaba hecho de chatarras,
Vidrios rotos,
Escobas calvas,
Zapatillas caminadas,
Botellas bebidas,
Sábanas dormidas,
Ruedas viajadas,
Velas navegadas,
Banderas vencidas,
Cartas leídas,
Palabras olvidadas y
Aguas llovidas. […]
La vida sólo latía en lo que tenía cicatrices.
(Fragmento, Inventario general del mundo).
sábado, 3 de mayo de 2008
A orillas de 'El jardín de las delicias'
A los que me llevaron –algunas veces de la mano- por los senderos del Arte.
Muy especialmente Sonia y Cesar.
Hace unos días me sorprendí escudriñando por primera vez un Bosco, El jardín de las delicias. Sus tres paneles inmóviles pintados allá por el siglo XIV –no existe unanimidad en su datación- se extendían y mostraban el paraíso, la lujuria y el infierno. Puesto que el último día de la creación puede resultar un tanto anodino para los descreídos o patológicamente ateos, cualquiera se detiene ante la lujuria y paciente la admira -y no sólo porque sea el más espectacular de los tres paneles-.
Uno empieza a imaginar bajo quién sabe qué efectos fue pintado ese cuadro y recuerda, quizá, alguna lección de Historia del Arte, un paseo por el MNAC, una visita fugaz por los carnales laberintos de las casas gaudinianas o un café a media tarde en una terraza de Figueres -con el espíritu de Dalí todavía presente en los huesos-, tertuliando siempre entre Arte y política, la belleza y sus antagonistas. El jardín de las delicias parece conformado por el caos, pero su inacabable fantasía y su ironía hacen que olvidemos una posible malicia e irresponsabilidad en sus personajes. Es, precisamente, esa circunstancia la que nos lleva irremisiblemente a dejar entre renglones el efecto moralizante que se pretendía en la época.
Sin embargo, el infierno sigue a la anarquía sin solución de continuidad. En la oscuridad y las llamas del tercer panel vio John Berger una metáfora del mundo de hoy, me acuerdo de ello observándolo y me dejo llevar por un ataque de desesperanza, pienso que tiene razón. Pero igualmente me arranca una sonrisa. Me descubro al mismo tiempo perpleja y avergonzada de sonreír ante el infierno en el que se ha convertido el mundo y que El Bosco entrevió y plasmó en un impecable óleo gótico que embelesa sin comprenderlo.
Observando desde esta orilla todo parece más seguro; ahí, del otro lado, algún genio nos hará sonreír al contemplar algo parecido a nuestro mundo. Y todos saben que la sonrisa vence a la desesperanza.
viernes, 2 de mayo de 2008
Instantáneas de La Habana
A las espaldas de quien mira al mar
useos, fortalezas, restos de muralla, conventos e iglesias y paladares (restaurantes familiares de comida criolla). Es la ciudad de las columnas como la llamó Alejo Carpentier, pero podría ser también el lugar de las luces y las sombras, de la decadencia y la dignidad, del rescate. En ella conviven, sobre una alfombra de adoquines, los edificios restaurados con los hogares humedecidos y palpitantes, que acusan medio siglo de bloqueo y comunismo.
Las callejuelas serpentean por esta parte de la ciudad -Mercaderes, Obrapía, Lamparilla, Amargura- hacia las plazas principales. Siguiéndolas se descubren recovecos plagados de artesanía y de arte. Aunque abarrotadas por el gentío en las horas centrales del día, estas calles transpiran un ambiente sosegado y hospitalario. Revelan puestos callejeros dedicados exclusivamente a los libros y conducen sin remedio a los vendedores de guarapo (jugo de la caña de azúcar). Es también la zona del seis por ocho (danza cubana), del son, de las partidas de ajedrez o dominó y de los menesterosos.